En la playa de Chesil: Un amor no tan diferente

“Una época distinta, un amor diferente”. Con este eslogan se publicita la ópera prima de Dominic Cooke, director que da su salto al cine tras realizar para televisión The Hollow Crown, miniserie británica basada en obras de Shakespeare. En la playa de Chesil nos presenta la historia de Florence y Edward, dos veinteañeros recién casados, a principios de los años 60, que pasan su noche de bodas en un hotel, junto a la playa que da título a la película. Allí, en el breve lapso de tiempo que transcurre entre la cena y su primer encuentro sexual, comenzarán a rememorar, poco a poco, el corto pero intenso romance que han vivido hasta el momento.

El prometedor punto de partida, íntimo, con dos personajes entre cuatro paredes, con sus miedos, sus inseguridades y algunos secretos, deja pronto paso a una historia sobre el primer amor algo más vista de lo que podríamos desear. No obstante, este drama se atreve, en ciertos momentos, a adentrarse en cuestiones más interesantes y complicadas, con una psicología de los personajes muy bien trabajadas, y con unas actuaciones principales de altura (Saoirse Ronan sigue demostrando ser una de las actrices del momento). En una narración compuesta por constantes flashback, donde vamos conociendo el entorno y la vida de nuestros protagonistas (sus clases sociales, sus problemas, sus miedos…), la película consigue cierto ritmo y energía, contagiándonos emoción y cariño hacia sus personajes. Los protagonistas tienen problemas reales, al menos de la realidad de aquel momento, aunque muchas cosas podrían trasladarse también a la actualidad. En definitiva, te identificas y viajas con ellos con cierto agrado, aunque también con pocas novedades.

 

 

En la playa de Chesil es lo que podría llamarse una película correcta. Su espíritu clásico, y de corte claramente académico, puede provocar que mucha gente tache a la película de acomodada, de tomar pocos riesgos. Sin embargo, Dominic Cooke sabe manejar bien los hilos de una narración como esta, y nos lleva, en ocasiones, a un cine de otra época, de esos dramas de gran sensibilidad que se hacían en la etapa del clasicismo, y que estaban filmados con gusto exquisito. Pero, por desgracia, no termina de emocionar como debería.

No he tenido la oportunidad de leer la novela en la que se basa el filme, por lo que no puedo acudir a comparaciones. Mi opinión radica únicamente en lo que veo en pantalla por primera vez, y que, por lo tanto, desconozco de primeras. Es por ello por lo que no puedo remitirme al libro, ni a su final. No sé si acabará del mismo modo que acaba la película, aunque, probablemente, y ciñéndonos al significado que adquiere la historia en este tramo, se acercará mucho. De todos modos, nos encontramos ante un final complicado. La película habla de arrepentirse, de los errores de la vida, de la inocencia y la ingenuidad, y ello explota en su último cuarto de hora de manera algo arriesgada y, por desgracia, claramente fallida.

Sin entrar en detalles (sin spoilers) la película tiene cuatro finales, casi todos erróneos, que además restan muchísimo impacto y agilidad al clímax de la narración. Los saltos en el tiempo se vuelven a suceder, aunque esta vez hacia el futuro. De manera rápida y algo chapucera, tirando de recursos fáciles y de cierto sentimentalismo, la película se sumerge en dos malas secuencias, importantes para entender a nuestros personajes y la repercusión de aquello que sucedió una noche en la Playa de Chesil, pero totalmente efectistas. Estoy seguro de que, en libro, tratándolo con más calma y delicadeza, el impacto emocional de lo que nos cuenta esta historia (desgarrador, sin duda alguna) será mucho más profundo y trabajado. Aquí, sin embargo, nos encontramos con unas elipsis mal ejecutadas, de impacto fácil en el espectador. Se quedan en la fachada de una historia que, hasta ese momento, había sido construida con bastante delicadeza y sensibilidad, aun sin salirse del camino de la máxima corrección académica.

Por suerte, su fallido tramo final se ve recompensado por un último plano magnífico, donde el dicho de “una imagen vale más que mil palabras” adquiere todo su significado. Es una pena que poco antes hayamos tenido que pagar un caro peaje para poder llegar a ello. De todos modos, resumiría En la playa de Chesil como un paseo rutinario por el parque: ya lo conoces, no es nada nuevo, pero no por ello deja de ser agradable. Es una película que se ve y se oye con facilidad, con cierto gusto, pero que, finalmente, te deja a medias en un relato que podría haber dado mucho más de sí.

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