Crítica de Nación Salvaje: las brujas de Salem vuelven a la hoguera

Nación salvaje se describe a sí misma con su título póstumo, ya que cuenta la historia de la población de Salem (EE.UU), donde acontece un hackeo de todos sus habitantes. ¿Dónde está el conflicto inicial? Como ya sabemos, parece ser que la historia se repite una y otra vez, y Salem aún no ha recobrado su orgullo perdido tras la quema de brujas durante el siglo XVII.

Sam Levison es el encargado de poner en marcha este trepidante largometraje, que escapa de lo habitual dentro de su breve filmografía (Another Happy Day, 2011); aunque parece que poco a poco deja entrever qué le llama la atención de la vida: adolescentes tarados y redes sociales.

La premisa principal de la película se nos muestra desde el arranque, ofreciendo al espectador un extenso catálogo resumido en sexo, violencia, sangre, smartphones, homofobia, y por supuesto, una quema de brujas que no dejará indiferente. Las protagonistas son cuatro chicas de instituto, Sarah (Suki Waterhouse), Bex (Hari Nef), Em (Abra) y Lily Colson (Odessa Young) que viven su habitual bucle de novios, fiestas, alcohol y sexo. Un buen día, el  director del instituto es hackeado y se publican fotos y vídeos pornográficos del mismo, travestido, lo que será el principio del final. La buena gente de Salem será hackeada una por una, saliendo a la luz los oscuros secretos de los amables ciudadanos –y no tan amables posteriormente-.

La trama parece la típica “estudiante de instituto se venga de sus amigos y vecinos”, pero sorprendentemente, la historia de un giro radical cuando todo apunta a que Lily Colson es la culpable de semejante aberración del siglo XXI: el escarnio público de los habitantes de Salem. Uno de los puntos flojos de Nación Salvaje es que existen varias tramas paralelas que no contienen ningún tipo de información relevante y no se desarrollan más allá de lo superficial.

El guión tiene bastante de Chicas malas (Mark Waters, 2004) mezclado con Spring Breakers (Harmony Korine, 2013); sin embargo sí que tiene algo atractivo, más allá de las películas adolescentes fáciles de ver. La violencia que se promete al inicio, se recibe –y con creces- ya que la sangre podría ser un personaje más, pero es necesario prometer al espectador que no verá una película de culto, aunque no por ello sea menos válida. Tiene un “alegre” parecido con La Purga: La noche de las bestias (James DeMonaco, 2013), entre la oscuridad, el claroscuro constante y las máscaras que parecen sacadas de las mismísimas tumbas de Pet Sematary.

Los 110 minutos que dura Nación Salvaje se convierten en 70 para el espectador, puesto que la trama avanza de forma lineal, pero sin rozar el aburrimiento en ningún momento. Como toda película de thriller adolescente, contiene algunos elementos cómicos, pero desaparecen una vez la pesadilla ha comenzado y Sam Levison se centra en lo que de verdad importa; el juicio de las brujas de Salem en la era de los smartphones y las redes sociales.

Lo más original de la película reside en su argumento, la caza de brujas y su posterior juicio, pero en este caso, el crimen es ser jóvenes, liberales e irresponsables en una sociedad en la que todo está jerarquizado dentro de un común patriarcado. Es importante destacar que Salem tiene lo que merece, ya que en sus habitantes vive la hipocresía y la falsedad de señalar con el dedo al que es diferente; aunque ellos mismos lo sean –en secreto, claro-.

Si hay una película que pueda llegar a sorprender gratamente por esperar una cosa, y recibir otra muy distinta, es Nación Salvaje. Cumple, con creces, lo que promete, aunque el final se desinfle de forma inevitable por un peso de la trama mayor del que puede soportar una película de este calibre sin caer en el cliché.

La cinta se estrena el 29 de Marzo y promete unas horas de tensión.

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