Crítica de Bel Canto: La Última Función

El motivo de los muros y las barreras dentro de la ficción siempre ha sido uno de los mecanismos sobre los que fundamentar aquellas historias relacionadas con grupos de personajes. Barreras tanto físicas como metafóricas han servido por siglos como símbolos para representar aquello infranqueable dentro de la propia naturaleza humana, aquello inaccesible por parte de las personas debido a su propia condición. ¿Qué pasaría si, además de los muros físicos que suponen las paredes de una casa, añadiésemos barreras lingüísticas y nacionales en un conjunto de completos desconocidos?

Bel Canto: La Última Función, la nueva película de Paul Weitz (American Pie, About a Boy), parte de este interesante concepto para presentarnos toda una historia basada en las dificultades de un grupo de personas para relacionarse y conectar entre ellas. Basada en la novela de Ann Patchett, la película se construye alrededor de un secuestro fruto de un conflicto diplomático y del amor que surge entre una cantante de ópera (Julianne Moore) y un empresario japonés (Ken Watanabe). Durante el secuestro, asistimos a todo un esfuerzo conjunto por encontrar diversos puntos de conexión tanto dentro del grupo de secuestrados como con los criminales, siendo la música un elemento esencial y algo que los unirá más allá de sus ideologías y nacionalidades.

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Si bien la premisa inicial resulta cuanto menos atrayente y la película en su conjunto no resulta del todo detestable, es cierto que el filme de Weitz no da la talla, sobre todo si la comparamos con su filmografía anterior. Repleta de clichés y de escenas poco creíbles que alejan al espectador de la experiencia de su visionado, Bel Canto tiene un grave problema en cuanto a la organicidad de sus escenas y en lo forzosas que resultan, en ciertos momentos, algunas de las relaciones entre personajes. Posiblemente por el uso de unas elipsis muy bruscas, los efectos buscados vinculados al síndrome de Estocolmo resultan menos efectivos de lo que se podría conseguir con una mejor estructura narrativa.

Sin embargo, voy a romper una lanza a su favor ya que, pese a no destacar en ningún aspecto concreto, la película en su conjunto no aburre y su visionado resulta ameno. La pregunta que plantea el filme (¿quién es el verdadero villano?) consigue captar la atención del espectador y sentir empatía por sus personajes (tanto secuestrados como secuestradores), cosa que, de entrada, le aporta un valor considerable a la obra. Además, las actuaciones del tándem Julianne Moore – Ken Watanabe resultan soberbias, siendo éstas uno de los pocos elementos que consiguen salvar la película de un abismo negro repleto de malas críticas y espectadores descontentos con el resultado final.

En conclusión, Bel Canto es una cinta interesante en cuanto a su concepto pero que resulta fallida en su ejecución. Pese a que consigue mantener al espectador enganchado en la butaca durante sus 100 minutos de duración y que, en definitiva, no desagrada del todo, el nuevo filme de Paul Weitz resulta ciertamente previsible y no arriesga en absoluto, dando lugar a una propuesta con unos engranajes narrativos oxidados y con verdadera falta de aceite.

Nota: 5,75/10.

 

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